EL AMOR DE DIOS

El amor hace cosas como éstas. Dios vino a la tierra en forma humana por que para El somos un gran tesoro.

Pero ¿por qué quiso el Hijo de Dios dejar la insondable gloria del cielo para venir a la tierra? ¿Por qué quiso renunciar a tan enorme poder y completa libertad para someterse a un cuerpo limitado y mortal? No puede haber ninguna otra razón que el amor. En efecto, el Hijo de Dios se hizo “Emmanuel”, Dios con nosotros, porque para él somos más valiosos que un gran tesoro. Dios nos creó precisamente para compartir su amor con el ser humano y no pudo soportar la idea de perdernos para siempre.

Mientras mejor comprendamos la magnitud del amor de Dios a todo ser humano que existe, más apreciaremos todo lo que sucedió aquel día de Navidad.

No sólo tendremos el sentido de expectación y alegría que generalmente se asocian con la Navidad; también surgirá en nosotros una profunda paz y un sentimiento de enorme gratitud al Señor. Estos nos llevarán a llenarnos de admiración y alabanza a Dios por haber intervenido para rescatarnos del pecado; por haber abierto para nosotros las puertas del cielo. Y más que nada, desearemos conocer su amor de una manera más profunda y corresponderle más completamente su gran amor.

¿Quiere Dios que nosotros también descubramos su amor hoy día? ¡Por supuesto! El Señor quiere acercarnos más a su corazón, tal como lo hizo con María y José. El anhela llenarnos de su paz como lo hizo con Simeón y Ana, y quiere bendecirnos y hacernos fructíferos, como lo hizo con Zacarías e Isabel. Pero por mucho que desee Dios hacer estas cosas, muy poco sucederá si nosotros no venimos a su presencia y le pedimos estas bendiciones.

No basta con creer en un Dios distante que habita en un cielo muy remoto. No basta creer que Jesús nació en un establo o que murió en la cruz. Especialmente, en esta temporada de gracia, todos tenemos la oportunidad de experimentar personalmente lo valiosos que somos para Dios. Es la ocasión perfecta para pedirle al Espíritu Santo que nos abra los ojos para ver a Jesús como lo que es, es decir, Dios con nosotros, y llenarnos del conocimiento de que efectivamente podemos experimentar su salvación de un modo personal y lleno de vida.

Amado Dios. Deseo vengas a mi corazón y perdones mis pecados. Espíritu Santo anhelo que estés a mi lado en todo tiempo. Gracias porque tú, El Hijo de Dios quisiste realmente rebajarte y venir a la tierra para poder estar conmigo. Conoce perfectamente las dificultades que me tocan afrontar, las victorias y los fracasos que he experimentado y el camino que aún tengo por recorrer. Gracias por ofrecerme la Salvación, porque tú sabes quién soy; sabes todo acerca de mi: las ilusiones y mis sueños, mis preocupaciones y mis temores. Ven una vez más a mi corazón, se ese Jesús encarnado, mi amado Jesús, Dios con nosotros, se “Dios conmigo” ahora y siempre. Amén

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