VIVIR POR EL ESPÍRITU

Romanos 8:13. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”

Gálatas 5:24 “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”

Romanos 6:11-12. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias.»

Estamos en una tensión constante entre dos fuentes con diferencias radicales. Dios nos llama a tomar acción y discernir la mejor opción para practicar entre las dos mentalidades. ¿Cuáles son las dos fuentes distintas controlándolas? ¿Qué respuesta al cautiverio de pecado es característica de aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios?

Estos pasajes nos ayudan a poner atención y ser enfocados en escoger vivir según el Espíritu. En este versículo de Romanos 8:13 morir, hacer morir y vivir son asuntos espirituales, y no físicos.

Entonces se hace claro que el Espíritu, de hecho, es la forma mediante la cual Jesucristo mismo está en nosotros. Por medio del Espíritu Santo, Cristo está en ti. Y si Cristo está en ti, tu cuerpo es muerto a causa del pecado.

El problema es, que nuestros cuerpos todavía no han sido controlados por el Espíritu Santo. Como consecuencia, están en tensión inclinándose hacia el pecado que tanto nos aflige. Y el pecado que está en nosotros quiere prevalecer. Pero por eso enfatizamos la santificación.

Debemos hacer morir los hábitos del cuerpo, pero lo debemos hacer por medio del Espíritu. Por una parte, debemos tomar la iniciativa de hacer morir los malos hábitos del cuerpo; el Espíritu no lo hace por nosotros.

Por otra parte, no debemos hacerlo apoyándonos en nuestros propios esfuerzos sin el poder del Espíritu Santo. Aquí “hacer morir” en realidad es nuestra coordinación con el Espíritu que mora en nosotros.

Interiormente, debemos permitir que El haga Su hogar (Señorío de Cristo donde es Su Espíritu el dueño, no solo un huésped) en nosotros para que pueda dar vida a nuestro cuerpo mortal (v.11). Exteriormente, nosotros debemos hacer morir los malos hábitos de nuestro cuerpo para que vivamos. Cuando tomamos la iniciativa de hacer morir los hábitos pecaminosos de nuestro cuerpo, el Espíritu interviene para aplicar la eficacia de la muerte de Cristo a esos hábitos destructivos, y así matarlos.

No es el cuerpo en sí, sino sus hábitos contrarios a lo santo y puro en nuestra vida, lo que debemos hacer morir. El cuerpo necesita ser redimido (v. 23), pero hay que hacer morir sus hábitos. Estos no sólo incluyen las cosas pecaminosas, sino también todas las cosas que nuestro cuerpo hace aparte del Espíritu en una mala mayordomía de nuestra vida.

¿Cuál es el resultado de elegir vivir de acuerdo a la naturaleza pecaminosa? ¿Deberemos, entonces, elegir la vida?

La reflexión como hombre o mujer, padres, esposos o esposas, como joven o líder es que no podemos revertir el proceso de muerte. Es inevitable, nuestros cuerpos van a morir. Pero podemos negarnos a dejar que los miembros de nuestro cuerpo se conviertan en destructores de la vida nueva e instrumentos de pecado por la concupiscencias (Deseos desordenado del alma que producen placer en la conducta humana)

Podemos negarnos, por el poder del Espíritu en nosotros, a dejar que nuestros pensamientos nos lleven a desear lo destructivo. Ni que mis miembros sean utilizados para ese propósito. No tenemos que dejar que nuestros ojos vean cosas malas. Podemos decir que no. No tenemos que dejar que nuestras lenguas digan cosas malvadas, hirientes, sarcásticas y viciosas. Podemos decir que no a eso. No tenemos que dejar que nuestros oídos oigan cosas que son hirientes.

No tenemos que dejar que nuestras manos sean utilizadas para los propósitos equivocados. No tenemos que dejar que nuestras piernas y pies nos guíen a sitios donde no debiéramos estar. ¡Hemos sido hechos vivos en Jesucristo, y el Espíritu de Dios mismo vive en nosotros!

Padre, Tú me has hecho vivo por medio de Tu Espíritu. Enséñame a ceder a Él, enciende tu fuego en mi, refinando mi interior y sacando todo rastro de mi carne. Purifícame en mi carne y consúmeme en tu fuego transformador, no apagues tu fuego hasta ser un incienso grato. Quiero ser el reflejo de ti, en vez de ceder a mi carne. Ven y contrólame Espíritu Santo.

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